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Lucifer el Hermoso
Caminando desnudos de luna en luna,
hurgando las casas donde habitan los fantasmas, las sombras que andan por
ahí dando tumbos entre las máscaras que retardan la ira, la cobardía, el
asco, el suplicio, el espanto de ser el mismo rostro escondido, la misma
mirada gangrenada sin ningún otro fondo que el soberano hedor de la tumba.
Se masturba la voz de la fiesta,
agota sus blasfemias mientras ve cómo se pudren los pájaros en el cielo.
Se masturba la voz de la fiesta, enciende sus flemas mientras las bestias
se encabritan y bailan alrededor de la hoguera, alucinadas después de
rozar el falo de Dios.
Primero habría que saludar, no sea
que se encolericen las doncellas y los mancebos; no sea que nos escupan el
culo y nos maceren los sesos.
Bienvenidos sean pues, comienza la
orgía, la calamidad que transgrede la razón de lo cotidiano. Bienvenidos
sean al apocalíptico ajuste de cuentas con los días que se han dejado de
vivir, aquí todo ser alivio calcinante, hielo conducido de la lengua al
sexo que cubren sus culpas. No faltará quien se ahorque con su
escapulario; quien incendie su ángel guardián con la antorcha de los
desesperados.
Bienvenidos sean, pueden entrar, a
ustedes los he llamado en nombre de lo inaudito, en nombre del horror,
reyezuelos macabros, para que dejen salir al demonio que habita sus
cuerpos; para que se resista y se ofrezca; para que se oculte y se
evidencie; para que los torture de formas diferentes, definitivamente,
enardecidamente desgarrando en la noche la voz de la fiesta, la voz del
crimen.
Morirán conmigo en esta ceremonia y
no de otra manera. Quiero decir que sólo tendrán los días que les ofrezco,
los que poco a poco los sublevan. Suban conmigo al corcel negro de la
dicha, conduzcan sus carrozas al gran momento del exterminio, dirijan sus
cuerpos al baile de la media noche. Algún grito avisará la puerta,
desnudos en el amor exigido para cada uno de los que se reconozca en el
abismo yen el tejido que anuncia el imperio del naufragio.
Rompan las tablas y las leyes y los
credos, envíenlos a su sitio como el poeta pregonó. Gustoso ante ustedes
me presento: soy el Ángel Caído, Lucifer el hermoso, y pronto me van a
ver al lado de mi Señor. Porque es justo y se cumple la hora, porque diré
que he vuelto a las ánforas de la miel y al baño de la leche que restituye
la sangre de los vencidos. Por ahora gocemos juntos esta renovación,
agitemos el escarnio y liberemos la sutileza.
Bienvenidos, entren al mercado del
tiempo, a la guerra que afila el viaje, al juego de los huesos robados, al
sobresalto, al rosario calcinado en las manos seniles que adoran las
letanías.
Ahora estamos juntos para retar a la
muerte, el juicio de Dios que llega escondido en la llaga de los santos
que partieron a la locura después de sacrificar su rosa y su espada. La
luz de un astro girará en las entrañas de la tierra mientras amanece y nos
saludan las sucias y los bastardos que han huido de las cacerías que
amontonan los siglos.
Gime la eternidad en las manos que
amasan el pan y lo convierten en piedra. Duele la brújula ebria en la sien
de los transeúntes que se dirigen hacia el silencio. Se inaugura la
palpitación de la danza donde se debilita el compromiso con la pesadilla
que el oro supuso en los corazones.
Que se pierdan los amantes y copulen
sin temor en la tierra y en el mar, y que el alarido de un nacimiento
asombre a las perdidas criaturas de los desiertos. Que se abran las
compuertas, que se nutran los hijos de los hijos de la descendencia del
trueno y que el caos engendre en su flor blanca el llanto de las cabezas
extraviadas.
Yo soy el azufre cantando sus
decretos, el escorpión y la venérea, el último becerro. Atiendan a mi voz
que es la voz de la fiesta: al final nadie podrá ser el mismo, nadie podrá
amar al mismo que amaba cuando cansado ponía sus ojos en el espejo.
Soy un ángel terrible, ironía
creada de los cielos. Mi sangre es el infatigable delirio de las naciones,
mi bilis es la canción del amonestado. Me sigue quien a si mismo se
ignora, y como amo y señor lo estrangulo y le clavo agujas en el vientre.
Acompaño al insomne hasta que se topa con el río; hasta que su mansedumbre
se erige como la montaña.
Mi medida son los volcanes que
eructan lava que incendia poblados inmensos; mi estatura es el tornado
inmortal que arrasa, el sonido brutal de la tormenta. En mi miembro se
columpian las once mil vírgenes que son las putas enmascaradas del próximo
milenio.
En mis manos se inaugura la
pesadilla del redentor, su eternidad crecida en los maderos. En mis ojos
se vuelca el mundo, en mi lengua se crece el asesinato de la noche
fatídica. Soy la amonestación y la cripta, la luz purulenta y el milagro.
Soy árbol donde se desgasta la
serpiente, brújula maldita que atesoran los decapitados. No todos conocen
mi antorcha; pocos ignoran el temor ante mis conquistas; algunos codician
mi nombre, por la envidia los veré caer sobre mis pies.
Muchos padecen el eco de mi fiebre y
disminuyen el paso cuando la locura tiembla en sus cerebros; cuando
tropieza con sus corazones amanerados. Soy eco del eco que viene cantando
la fiesta, sumatoria irreversible de los días.
Gatos y perros, turpiales y palomas,
pogos y pregones, todos se acomodan a la letanía rumorosa de mi culto. Los
centinelas vacíos de eslabones perdidos retroceden ante mi aliento, el
fuego de mi boca les anuncia la jauría. Han venido tontos a incitar mis
pactos y han sido fuertemente abofeteados, levantados del polvo y vueltos
a él sin devoción.
Al fondo de toda acción turbadora
una bandada de cuervos cruza y la nombra y mi risa desgasta la cruz que
entró en el alma con un látigo, con una cadena y una mordaza. Mírenme como
lo que soy, un destino que proclama la fuerza, la paciencia, la creación;
un país donde se ejecuta la virginidad de sus hombres, una torre
desde donde son arrojadas las jaculatorias que amurallaban a los
penitentes cuando apenas gateaban por el Universo.
Yo convoco a la primavera para que
se oxide en la garganta de la infancia; yo despierto la lucha entre mil
fuegos cuando las religiones se apoderan de la carnicería; yo comulgo con
la calma inmaculada que deja el cuchillo en las venas de la fe.
Entren y desorienten la orilla donde
crecen las semillas de mi ánimo violento, arrójense a la aventura de su
propio infierno, atrévanse y dilapiden la menuda presurosa que alimenta el
pensamiento acobardado. Que se ejercite la ofrenda del delirio y de los
cuerpos desnudos; que se lance contra la genuflexión el grito de diez mil
delfines leprosos en la sed de la bienaventuranza.
Liberación, liberación;
descubrimiento de la dosis ancestral, nacimiento azaroso de las ciudades,
aurora del hombre que escala y distribuye su mirada desde la colina. Yo te
nombro liberación, contradicción de la sangre que vibra en el atropello de
la descendencia.
Si abro mi puño se verán los
cadáveres de los dogmas antiguos, algunos respirarán por ellos y creerán
que todos son partícipes de la razón impuesta por los siglos. SI saco mi
lengua en la punta se enfermará el horizonte que dejaron descrito los
antepasados de un mundo irreconocible. Velocidad y esquizofrenia, maníaco
depresión y sin sentido, bulbo canceroso de las doctrinas que embaucan la
triste moneda de los infantes.
Revienta liberación, despide el
fuego que juega con la visión escrupulosa de los crepúsculos, con la
flecha que me elige cuando se quiere ocultar lo que todos deberían saber,
trampa desaforada que se estrella contra las fauces corruptas de los que
obnubilan y contraatacan, castración constante de los ritos, bendición
clamorosa que se pierde al final de las palabras.
Empújate liberación, consigue tu
cargamento y avanza hacia tu alma; que se agigante tu estruendo cuando se
anude a mi frente el canto sidoso, el suicidio del horizonte; desata la
bandera que ondea en la conciencia, relaja la figura que se altera junto a
los deshabitados. |