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G.M. Lic. Gustavo A.
Trincado |
Satanismo,
con perdón de otros Dioses
Lo que
aquí me propongo demostrar es que vale la pena rescatar un poco la figura
del individuo sin duda alguna más denigrado en la historia de la
Humanidad: Satán.
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En una nota anterior realicé un estudio más
detallado de la etimología de las palabras "Demonio" y "Diablo",
dos sustantivos comunes para designar al, como se lo suele llamar,
Príncipe de las Tinieblas.
Sucintamente recordaré que
"demonio" proviene del griego "daimon", que en nada
designaba a una entidad maléfica y sí, por el contrario, una entidad
"Guía", protectora personal de cada ser humano.
En cuanto a "diablo", es una
deformación del verbo "diabaellin" que significaba
"lanzar", en el sentido de "fuerza" o
"energía". En este caso de "energía inteligente,
motivadora de efectos".
Como el "daimon" se
"oponía" al "aggeloi" ("ángel", en griego,
pero que proviene del hebreo "haiôth-hako-desh" que significa
"animal superior en santidad") en el sentido de polaridades
opuestas complementarias, ya que el "aggloi" – mensajero –
actúa sobre el "daimon" – pasivo y receptivo. De esa
oposición se derivó la errónea interpretación de que si el
"ángel" era el mensajero de Dios, el "daimon" –
demonio – sólo podía ser el sucedáneo del mal.
Lógicamente, no voy a poner en duda la
existencia del Mal sobre la Tierra. Lo que quiero significar es que si el
Mal existe, éste no reside en las personificaciones o medios de los que
se vale el hombre para sus propósitos, sino en la naturaleza misma de
sus objetivos.
En cierto modo, el Mal es natural, ya que una
ley del universo tan concreta como es la llamada Ley de Entropía, dice
que en éste todo tiende naturalmente a la destrucción. Si dejo un
automóvil un año en la puerta de mi casa, transcurrido ese tiempo no
tendré un rodado más brillante, más nuevo y afinado, sino uno total o
parcialmente arruinado.
La energía, de cualquier tipo que sea, tiende
naturalmente a disiparse. Un objeto puesto en movimiento desacelera hasta
detenerse. Todo se degrada, se disuelve, se diluye, se evapora, se
desarma, envejece y se olvida con el paso del Tiempo.
La Mecánica, la Química, la Astronomía, la
Psicología,
la Historia, demuestran la validez de las Leyes de Entropía en todas y
cualquier área del Cosmos. Por ello al hombre le resulta más fácil
destruir que construir. Y por ello el Bien – o, mejor dicho hacerlo –
es una heroica y dificultosa gesta muchas veces destinada inexorablemente
al fracaso.
Pero si de algo estamos todos conscientes es
que, en lo que respecta a hacer el Bien, aún cuando todo parezca jugar en
nuestra contra, no podemos tener paz en la conciencia si no hacemos el
intento de seguir adelante. Y por absurdo que parezca es, precisamente, en
este sentido en que la figura de Satanás adquiere otra dimensión.
Aclaremos primero algunas etimologías ya que
usaremos, al mejor estilo católico, indistintamente la palabra
"Satanás" como "Lucifer" y, en lo que a este último
respecta, recordemos que quiere decir "Portador de Luz". Algo
contradictorio, ciertamente, con la imagen popular del susodicho.
Se ha escrito que Lucifer era el más hermoso
y querido de los ángeles de Jehová y que, ensoberbecido, se levantó en
rebelión, por lo que cayó al Infierno.
En este punto, podemos plantearnos algunas
reflexiones lógicas.
Si Jehová es omnisciente y omnisapiente
(entre otros muchos más " omnis "), brazo ejecutor e
inteligencia rectora de una Providencia donde para Él todo está escrito
¿acaso no previó la rebelión Luciferina?.
Si así fue, ¿por qué la dejó seguir
adelante? (Por favor, nada de acotar "Esto es un Misterio", porque con tal perogrullada no llegamos a ninguna parte).
¿No sería porque necesitaba de una fuerza en
oposición para generar las tendencias espirituales que movilizan a los
seres vivos de este Universo?. Y, si se quiere analizar con mayor
rigurosidad, ateniéndonos a los relatos del Génesis en lo que respecta a
la intervención diabólica en la expulsión del Edén, no podemos menos
que disentir con la actitud un tanto fascista de Dios: en efecto, el mismo
mantenía a Adán y Eva protegidos y ahítos en el Paraíso, pacíficos
por su ignorancia.
Lucifer, la Serpiente (que, por otra parte,
siempre ha significado en todas las culturas la ciencia racional, el
conocimiento técnico y científico, como el dragón en China o
Quetzalcoátl – la "serpiente emplumada" en México) les
posibilita comer del árbol del Bien y del Mal – en algunas versiones,
del "árbol de la Ciencia" – con lo cual esa protopareja
adquiere discernimiento y, en consecuencia, capacidad de decisión propia.
Y esto disgusta a Jehová: prefiere que su
"pueblo" permanezca ignorante de intelecto y con el estómago
lleno. A propósito, eso me recuerda ciertas conductas políticas de
algunos gobernantes que hemos padecido.
Y según las crónicas bíblicas, el castigo
divino surge en cierto modo por miedo, ya que – cito textualmente -
" . . . Ea !!!, expulsémoslos ahora, no ocurra que también coman del
Árbol de la Vida y alcancen la inmortalidad como nosotros. . .". La
Serpiente pasa a ser tal a partir del castigo que le dicta la autoridad. Y
recuerden ahora otro mito, esta vez de un semi-héroe cantado en su
valentía por los poetas a través de las épocas: Prometeo, que roba a
los Dioses el fuego para los hombres y por ello se le castiga
encadenándolo a una alta roca, donde todos los días un águila devora
sus entrañas que se regeneran por la noche. En un suplicio destinado a
ser eterno y sólo suspendido por la decidida intervención de un hombre
en puja con los Dioses, Hércules, quien lo libera de su prisión.
El mismo Hércules roba la manzana de oro del
Jardín de las Hespérides, en otro de sus famosos "trabajos" lo
que en realidad significa acceder a otro secreto divino, corporizado en la
imagen simbólica de la manzana.
Las manzanas de ese jardín, en realidad,
fueron, según modernas investigaciones, un acervo de conocimientos
técnicos sobre agricultura y ganadería que llega a Europa proveniente
del norte de África y hace que Hércules sea también castigado por los
habitantes del Olimpo en la forma más cruel: obligan a creer a la amada
de Hércules que aquél le es infiel, empujándola a envenenarlo con la
sangre de un Centauro que, embebida en sus ropas, le producen tan atroces
dolores que lo arrojan al suicidio en la pira funeraria. Pero la historia
ha rescatado las glorias de Prometeo y Hércules: aunque ambos sufrieron
y, en cierta forma, fracasaron, son héroes históricos.
Y está bien que así sea: lo único que le da
sentido moral a la Historia es la esperanza de que "quizás, la
próxima vez. . . ". Sin ella, quedaría reducida a mera cronología.
De Hércules a las tragedias cotidianas del
hombre de la calle, se repite una y otra vez la frase crucial: lo único
que dignifica al ser humano es la capacidad de seguir luchando aunque todo
parezca estar perdido.
Y eso hizo Satanás.
Porque por ser Ángel de Jehová, era el
primero en saber las consecuencias de su rebelión, Es ingenuo pensar que
pudo creer poder cambiar la Providencia. Habiendo caído, no buscó
reconciliarse. Siguió en sus trece. Aún cuando él mismo sabe que todo
está perdido.
Como Prometeo, se rebeló ante la ignorancia
del ser humano, buscando darle otra opción, otro punto de vista, otros
medios para manejar la naturaleza.
No se opuso a Dios: engrandeció su obra, que
de meros peleles rozagantes y primitivos, juguetones en los prados y con
una permanente, sin duda, sonrisa bobalicona en los labios, los llevó a
transformarse en seres pensantes, amantes, tristes, desafiantes, furiosos,
compasivos, violentos y pacíficos. A tonificar sus músculos, transpirar,
exigir sus mentes, crear, multiplicar, construir, volver a construir sobre
lo destruido, conquistar las cuatro regiones del mundo, volar cuando Dios
no nos hizo con alas, correr más rápido que la mejor de Sus obras,
caminar por el fondo de los mares cuando las branquias sólo son
privilegio de los peces.
Jehová nos dio la inteligencia que, en
potencia, encerraba la posibilidad de hacer todo ello, sí, pero sin
Lucifer nunca, en la beatitud del Paraíso, nos habríamos obligado a
hacerlo.
De hecho, los ceñudos predicadores que elevan
su odio a Lucifer por habernos hecho perder las inerciales delicias del
Edén, obedecen solamente a su propio facilismo, alimentado por la Ley de
Entropía. Y ese es el verdadero peligro.
Si lo único que dignifica al ser humano,
insisto, es seguir luchando cuando está perdido, entonces Satanás es la
expresión más heroica del género humano. La expresión de
inconformismo, de la búsqueda racional, lógica, de no ceder al
autoritarismo, al dedo digitador.
Es posible que alguien crea, a partir de estas
líneas, que defiendo todos los cultos satánicos: nada más alejado de la
verdad. En primer lugar, por el hecho de que en muchos de ellos sus
asiduos concurrentes encarnan algunas de las más deplorables mezquindades
del espíritu humano, o bien acusan severos problemas psicológicos,
conjunto éste de razones sumadas al frívolo snobismo que lleva a muchos
niños aburridos de la alta sociedad a buscar por allí una vía de escape
mucho más destructiva que el consumo de estupefacientes.
Por otro lado, no descreo de las obras de
Dios: sólo de las de un Jehová que, a fin de cuentas, como él mismo lo
señala en el Antiguo Testamento, es el "Dios de Israel", que no
el mío. Pienso que el Espíritu que rige este Universo no es tan
represor, vengativo, cruel e irresponsable como el que describe la Biblia.
Pero de esto escribiremos en otra oportunidad.
Existe un Mal, eso es indudable y el que anida
en el hombre es mucho más terrorífico que aquél más satánico que
ciertas iglesias trataron de vendernos. En efecto, ¿qué son los
tormentos infernales, según se los describe, al lado de las crueldades
del género humano, muchas de ellas cometidas en nombre de intereses tan
sagrados como la Patria, la propia Humanidad o el mismo Dios? ¿Qué son
los círculos infernales que el Dante describía trémulo de pavor junto a
Hiroshima, Biafra, Mi Lai, El Salvador, Sudáfrica, o simplemente la
imagen de un niño muerto de hambre a pocos kilómetros de una " city
" financiera?.
La imagen del "diablo" con sus
cuernos, sus patas de macho cabrío y su pene erecto (todas las imágenes
de cultos regionales del norte Europeo que fueron asociadas con el demonio
por los primitivos católicos para desacreditar tales religiones
simbolizantes de la fertilidad ante el avance del cristianismo), esa
imagen, decía, provoca apenas una sonrisa ingenua ante algunas, sólo
algunas de las fotografías que aparecen en los periódicos de todos los
días.
Y el Mal es, también, dejarse arrastrar por
la Ley de Entropía. No luchar por el Bien – que no es propiedad
exclusiva de los creyentes - , por construir, por ayudar, por sonreír,
por empujar juntos para que este viejo y querido mundo ruede en su órbita
algunos millones de años más. Pues lo verdaderamente demoníaco es el
olvido, el caos, la quietud paralizante, la oscuridad. En síntesis, la
Nada.
¿Qué puede ser más terrible que pensar que
nada habrá después de la muerte?.
¿Que seremos rápidamente olvidados por
nuestros seres queridos, nuestra tumba derruida y nuestras pertenencias
extraviadas?.
¿Qué es más terrible que sospechar que, en
algún momento, podemos no haber sido?.
¿ Que da lo mismo que hubiéramos pasado o no
por esta vida? Ese es el verdadero horror. Aún el infierno encierra
alguna esperanza . . .
Si ante el avance del militarismo que sólo
multiplicará rencores para las futuras generaciones, oponemos la defensa
activa del pacifismo, es posible que nos prometan el infierno.
Si ante la prédica dogmática y sentenciosa
de los clérigos elevamos la cabeza y esbozamos cierta sonrisa de
escepticismo, es posible, también, que nos prometan el infierno. Si ante
la palmada protectora del político enarcamos una ceja con disgusto, sí,
nos prometerán el infierno. Pero si por encendernos en el patrioterismo
del brillo de los fusiles, la emoción supersticiosa de las iglesias a la
dádiva demagógica del político, dejamos adormecer más nuestras
neuronas, poco o mucho tiempo después, no importa cuándo, nuestro cuerpo
solo o el planeta todo, estarán reducidos a polvo y sumidos en el
olvido. Seremos parte de la Nada.
Y ese es el verdadero Infierno.
Lic. Gustavo A. Trincado
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