
Sexualidad
Satánica
"La
Biblia Satánica"
—
Anton Szandor LaVey ©1969 —
Ha
habido mucha controversia en cuanto a los puntos de vista Satánicos
sobre "el amor libre". A menudo se supone que la actividad
sexual es el factor más importante de la religión Satánica y que la
disponibilidad de participar en orgías sexuales es un prerrequisito
para convertirse en Satanista. ¡Nada más lejos de la verdad! En
efecto, a aquellos oportunistas cuyo interés en el Satanismo no es otro
que el de los aspectos sexuales, se les recomienda vivamente que no
acudan a él.
El
satanismo preconiza la libertad sexual, pero tan sólo en el verdadero
sentido de la palabra. En el concepto satánico, el amor libre significa
exactamente eso: libertad de ser fiel a una persona o de satisfacer los
deseos sexuales con tantas personas como uno considere necesario para
satisfacer sus necesidades particulares.
El
Satanismo no alienta la actividad orgiástica o el adulterio cuando se
trata de gente que no podría hacer eso de manera natural. Para muchas
personas, sería anormal y negativo ser infiel a quien han escogido como
pareja. Para otras, sería frustrante estar sometida sexualmente a una
sola. Cada uno debe decidir por sí mismo qué forma de actividad sexual
se adapta mejor a su personalidad. El forzarte a tí mismo a ser adúltero,
o a tener pareja sexual cuando no estás casado sólo por querer probar
a otros (o peor aún, probarte a tí mismo) que ya estás liberado del
estigma de culpabilidad, es tan erróneo —según los parámetros del
Satanismo— como abstenerte de satisfacer tus deseos sexuales debido a
sentimientos de culpa arraigados.
Muchos
de quienes están preocupados constantemente con demostrar su emancipación
de la culpa sexual, en realidad están atados por una esclavitud sexual
aún mayor que aquellos que aceptan la actividad sexual como una parte
natural de la vida y no hacen tanta alharaca de su libertad sexual. Por
ejemplo es un hecho establecido que la ninfómana (la mujer de los sueños
de todo hombre, y protagonista de toda novela erótica) no es libre
sexualmente, sino que en realidad es frígida y va de hombre en hombre
porque está tan inhibida que no es capaz de tener una descarga sexual
satisfactoria.
Otra
idea errónea es que la capacidad de tener actividad sexual en grupo es
un indicio de libertad sexual. Todos los grupos de sexo-libre tienen una
cosa en común: No admiten actividad sexual fetichista o desviada. De
hecho, los ejemplos más reforzados de actividad sexual no-fetichista
catalogados sutilmente como "sexo libre" tienen un formato en
común. Cada uno de los participantes en la orgía se desviste,
siguiendo el ejemplo de alguien y fornican mecánicamente —siguiendo
el ejemplo del líder. Ninguno de los participantes considera que su
forma de sexo "emancipado" pueda ser vista como algo
regimentado e infantil por quienes no son miembros, incapaces de igualar
la uniformidad con la libertad.
El
Satanista se da cuenta que si ha de ser un 'conocedor del sexo' (y estar
libre de la culpa sexual), no puede sentirse atacado por los supuestos
'revolucionarios sexuales' más de lo que puede sentirse atacado por la
mojigatería de su sociedad culpabilizada. Los grupos de 'libertad
sexual' no entienden lo que la libertad sexual representa en realidad. A
menos que la libertad sexual pueda expresarse a nivel individual, (lo
cual incluye fetiches personales) no hay objeto en unirse a una
organización de libertad sexual.
El
Satanismo aprueba cualquier tipo de actividad sexual que tienda a
satisfacer adecuadamente nuestros deseos individuales, ya seamos
heterosexuales, homosexuales, bisexuales e incluso asexuales, si es por
eso por lo que optamos.
El
Satanismo aprueba también cualquier fetichismo o desviación que
acreciente la calidad de nuestra vida sexual, siempre que en ello no se
vea inaplicado alguien que no lo desee. El predominio de conductas
desviadas y/o fetichistas en nuestra sociedad haría estremecer la
imaginación de quienes son sexualmente ingenuos. Hay más variantes
sexuales de las que pueden percibir los que no están versados en
materia sexual. Ahí está el travestismo, el sadismo, el masoquismo o
el exhibicionismo —por no citar sino unas de las pocas desviaciones más
predominantes. Todo el mundo tiene alguna forma de fetiche, pero debido
a que no se dan cuenta de la actividad fetichista que reina en nuestra
sociedad, creen que si se someten a sus anhelos
"antinaturales", son unos depravados.
Incluso
el asexual tiene una desviación: su a-sexualidad. Es muchísimo más
anormal tener una carencia de deseo sexual (a menos que se trate de un
caso de enfermedad, de edad avanzada o de cualquier otra razón válida
que haya causado la disminución sexual) que ser sexualmente promiscuo.
Sin embargo, si un satanista opta por elegir la sublimación sexual
prefiriéndola a cualquier otra expresión sexual abierta, eso es asunto
suyo. En muchos casos de sublimación sexual (o de a-sexualidad),
cualquier intento por emanciparse sexualmente podría tener resultados
devastadores para el asexual.
Los
asexuales son invariablemente individuos que están sublimados
sexualmente por sus empleos o por sus aficiones favoritas. Toda la energía
e impulsos que normalmente estarían a la actividad sexual son
canalizados hacia otros pasatiempos o hacia las ocupaciones que
prefieran. Si una persona favorece otros intereses a la actividad
sexual, es su derecho y nadie tiene por qué a condenarla por ello. Sin
embargo, esa persona debería por lo menos reconocer el hecho de que
ello es una sublimación sexual.
Debido
a la falta de oportunidades para expresarse, muchos deseos sexuales
secretos no llegan jamás a trasponer el estado de la fantasía. El no
descargarlos suele llevar a la compulsión y, por lo tanto, una gran
cantidad de personas idean indetectables para dar rienda suelta a sus
deseos. No por el hecho de que gran parte de la actividad fetichista no
sea aparente exteriormente, quienes no son duchos en materia sexual han
de engañarse pensando que tal actividad no existe.
Para
citar ejemplos de las ingeniosas técnicas utilizadas: El travestista
masculino se dará gusto en su fetichismo llevando prendas interiores
femeninas mientras se dedica a sus actividades cotidianas o la mujer
masoquista puede llevar una faja de goma varias tallas más pequeña que
la suya y de este modo estará todo el día en condiciones de obtener un
placer de su incomodidad fetichista sin que nadie se aperciba de ello.
Estas ilustraciones constituyen ejemplos mucho más suaves y prevalentes
que otros que podrían haberse dado.
El
Satanismo alienta cualquier forma de expresión sexual que desees,
siempre y cuando no perjudiques a nadie más. Para evitar confusiones,
debemos aclarar la afirmación anterior. Al decir que no se debe
perjudicar a nadie, no incluimos el daño no intencionado que pueda
recaer sobre aquellas personas que, a causa de sus ansiedades
concernientes a la moral sexual, puedan no estar de acuerdo con tus
puntos de vista sobre el sexo. Naturalmente, deberías evitar el ofender
a quienes signifiquen mucho para tí y por ello me refiero a tus amigos
y parientes más mojigatos. Sin embargo, si te esfuerzas sinceramente a
evitar ofenderlos y, a pesar de tus esfuerzos ellos se dan cuenta
accidentalmente, no es responsabilidad tuya y por lo tanto no deberías
sentir culpa alguna debido tanto a tus convicciones sexuales, como al
hecho de que ellos se hayan ofendido debido a esas convicciones. Si con
tus actitudes sexuales temes constantemente ofender a los mojigatos,
entonces no tiene sentido el intentar liberarte de la culpa sexual. Sin
embargo, de nada sirve que hagas ostentación de tu permisividad.
La
otra excepción a la regla hace referencia a la relación con los
masoquistas. Un masoquista extrae placer de ser maltratado; en
consecuencia, si se le niega al masoquista su placer a través del
dolor, eso le hace sufrir tanto como el verdadero dolor físico hace
sufrir al que no es masoquista. La historia del sádico auténticamente
cruel ilustra bien la cuestión. El masoquista le dice al sádico: «golpéame».
A lo cual el sádico despiadado responde: "¡NO!" Si una
persona quiere ser maltratada y disfruta sufriendo, no hay razón alguna
para no darle gusto en lo que acostumbra.
En
el lenguaje popular, el término "sádico" describe a alguien
que obtiene placer de la brutalidad indiscriminada. Sin embargo, un
verdadero sádico es selectivo. De la amplia reserva de víctimas
apropiadas, escoge cuidadosamente y se deleita dándoles a quienes
gustan vivir en el dolor la satisfacción de sus deseos. El sádico
"bien adaptado" es epicúreo al seleccionar aquellos en
quienes su energía será bien invertida! Si una persona es lo bastante
saludable para admitir que es un masoquista y disfruta siendo
esclavizado y azotado, un sádico verdadero estará dichoso de
participar!
Aparte
de las excepciones que citaremos a continuación, el Satanista no heriría
intencionalmente a otros violando sus derechos sexuales. Si intentas
imponer tus deseos sexuales a quienes no acepten tus avances, estarás
infringiendo su libertad sexual. Por lo tanto, el Satanista no defiende
la violación, acoso sexual a menores de edad, relaciones sexuales con
animales o cualquier otra forma de actividad sexual que implique la
participación de personas que no se presten voluntariamente o que
debido a su inocencia o ingenuidad puedan ser intimidados o engañados
para actuar en contra de sus deseos.
Si
todas las partes envueltas son adultos maduros que conscientemente
asumen toda responsabilidad de sus acciones y se comprometen
voluntariamente en una forma dada de expresión sexual —aún si ésta
es considerada generalmente como tabú— no existe razón para que
repriman sus inclinaciones sexuales. Si eres consciente de todas las
implicaciones, ventajas y desventajas y estás seguro que tus acciones
no harán daño a quien no desee o se merezca dicho trato, no tienes razón
alguna para suprimir tus preferencias sexuales.
Así
como no hay dos personas cuyas preferencias culinarias o capacidad para
ingerir alimentos sean iguales, los gustos y apetitos sexuales variarán
de una persona a otra. Ninguna persona o sociedad tiene derecho para
imponer límites en los parámetros sexuales o en la frecuencia sexual
de otros. Una conducta sexual apropiada sólo puede ser juzgada dentro
del contexto de cada situación individual. Por lo tanto, lo que una
persona considere sexual y moralmente correcto puede ser frustrante para
otra. Lo contrario también es cierto; una persona puede tener gran
destreza sexual, pero igualarse con otra persona cuya capacidad no
iguale a la suya propia sería algo injusto, e imponer sus gustos a otra
persona algo muy desconsiderado, p.e., el hombre que tiene un voraz
apetito sexual, pero que las necesidades sexuales de su esposa no se
ajustan a las de él. No sería apropiado esperar de ella que responda
de manera entusiasta a sus propuestas, pero de la misma manera ella debe
mostrarse igualmente solícita. En momentos en los que ella no sienta
mucha pasión, debería, ya sea pasivamente, pero complacientemente,
aceptarlo sexualmente, o bien no quejarse si su esposo decide satisfacer
sus necesidades en otra parte —incluyendo prácticas auto eróticas.
La
relación ideal es aquella en la que cada persona está profundamente
enamorada de la otra y son sexualmente compatibles. Sin embargo, las
relaciones perfectas son relativamente poco comunes. Es importante señalar
aquí que el amor espiritual y el amor sexual pueden, aunque no lo hacen
siempre, ir de la mano. Si existe cierto grado de compatibilidad sexual,
casi siempre es limitado, y algunos deseos sexuales, si bien no todos,
serán satisfechos.
No
existe mayor placer sexual que el derivado de asociarte con alguien de
quien estás profundamente enamorado, si son sexualmente compatibles.
Sin embargo, si no existe una compatibilidad mutua, ha de señalarse que
la ausencia de compatibilidad no indica ausencia de amor espiritual. Uno
puede existir sin el otro y esto suele suceder. De hecho, la mayoría de
las veces uno de los miembros de una pareja recurrirá a actividades
sexuales extramaritales porque está profundamente enamorado de su compañero
y no quiere herir al otro o imponer sus exigencias sobre su amado. Un
amor espiritual profundo es enriquecido por el amor sexual y ciertamente
es un ingrediente necesario para una relación satisfactoria; pero
debido a los diversos gustos sexuales, la actividad sexual externa o la
masturbación, proveen el suplemento necesario.
La
masturbación, considerada por muchas personas como un tabú sexual,
crea un problema de culpabilidad que no resulta fácil de afrontar. En
este asunto es preciso hacer mucho hincapié, puesto que constituye el
elemento extremadamente importante de muchos actos mágicos destinados a
tener éxito. Desde que la Biblia judeo-cristiana describió el pecado
de Onán (Gen 38:7-10), el hombre no ha cesado de considerar la gravedad
y las consecuencias del «vicio solitario». Aunque los modernos sexólogos
han explicado que el pecado de Onán es simplemente un coitus
interruptus, siglos enteros de falsa interpretación teológica han
causado un daño casi irreparable.
Prescindiendo
de los verdaderos crímenes sexuales, la masturbación es uno de los
actos sexuales que peor está visto. Durante el último siglo fueron
escritos innumerables textos para describir las horrorosas consecuencias
de la masturbación. La palidez de la piel, la dificultad en la
respiración, los granos en la cara y una pérdida del apetito no eran más
que unas cuantas de las muchas características que se suponía provenían
de la práctica de la masturbación. Se aseguraba que se produciría un
total colapso físico y mental si no se atendían las advertencias de
aquellos manuales destinados a la juventud.
Las
espeluznantes descripciones de tales textos resultarían casi risibles
si no fuera por el hecho lamentable de que, a pesar de que los sexólogos,
doctores o escritores contemporáneos han hecho mucho para elimina el
estigma de la masturbación, todos los muy arraigados sentimientos de
culpabilidad creados por las absurdidades de aquellos prirneros textos
sexuales no han podido ser borrados sino de una manera parcial. Un gran
porcentaje de personas, en especial aquellas que han rebasado la edad de
cuarenta años, no pueden aceptar emocionalmente la circunstancia de que
la masturbación es natural y saludable. Hay ciertas personas que ahora
logran aceptarla intelectualmente, pero, como siguen considerándola con
repugnancia, sucede que de un modo inconsciente comunican su repugnancia
a sus hijos.
En
otros tiempos se pensaba que uno se volvería loco si, a pesar de todas
las advertencias, persistía en sus prácticas auto eróticas. Este ridículo
mito tomó cuerpo a causa de ciertos informes que pretendían que la
masturbación estaba muy extendida entre los residentes de los centros
psiquiátricos. Se suponía que, puesto que casi todos los dementes se
masturbaban, era su masturbación la que les había vuelto locos. Nadie
se detenía a pensar que la verdadera razón de que los dementes se
entregaran a la práctica de la masturbación había que ir a buscarla
en la carencia de compañeros del sexo opuesto y en esa necesidad de
liberar la inhibición que es la característica de una locura extrema.
Muchas
personas prefieren que su pareja busque en otra parte la actividad
sexual antes que dedicarse con ella a actos auto eróticos. En esto
influyen los propios sentimientos de culpabilidad, más una repugnancia
a realizar una masturbación mutua. Hay casos en los que existe también
el temor a la repugnancia de la pareja— aunque en un sorprendente número
de casos se obtiene una excitación vicaria al saber que nuestra pareja
está teniendo experiencias sexuales con otros— si bien esto no es comúnmente
admitido.
Por
mucho que nos hayan hablado de la «inmaculada concepción» —habría
que tener una fe muy ciega para tragarse semejante absurdo— todos
sabemos muy bien que si queremos traer al mundo a un niño tenemos que
mantener un contacto sexual con una persona del sexo opuesto. Si uno se
siente culpable al cometer el «pecado original», entonces no hay duda
de que se sentirá mucho más culpable al realizar un acto sexual
pensando tan sólo en uno mismo y no en la necesidad de crear hijos.
Los
satanistas se dan plena cuenta de las razones por las cuales los
sacerdotes declaran pecaminosa la masturbación. Tal como ocurre con
todos los otros actos naturales, las personas la realizarán por mucho
que las reprendan severamente. Ahora bien, provocar un sentimiento de
culpabilidad es una importante faceta de su perverso plan para inducir a
las personas a expiar sus «pecados». ¿Y qué mejor manera de
expiarlos que pagando las hipotecas sobre los templos de la abstinencia?
Aun
cuando el hombre moderno no sienta ya (o crea no sentirse ya) bajo el
peso de un sentimiento de culpabilidad provocado por la religión, la
verdad es que todavía se siente avergonzado si cede al deseo de
masturbarse. Un hombre puede sentirse privado de su masculinidad si se
satisface auto eróticamente en lugar de entregarse al juego competitivo
de dar caza a una mujer. Es posible que una mujer se sienta tentada a
satisfacerse a sí misma sexualmente, pero aún así echará de menos
esa satisfacción egotística que proviene del deporte de la seducción.
Ni el casi Casanova ni la ficticia vampiresa se sienten a gusto cuando
están «obligados» a recurrir a la masturbación para obtener una
satisfacción sexual: ambos preferirían incluso un compañero
inadecuado. Sin embargo, satánicamente hablando, es mucho mejor
entregarse a una fantasía perfecta que participar con otra persona en
una vacua experiencia. Con la masturbación, uno domina completamente la
situación. Para ilustrar el hecho indiscutible de que la masturbación
es una práctica enteramente normal y saludable, diremos que es
realizada por todos los miembros del reino animal. Los niños también
se rinden a sus instintivos deseos masturbatorios, salvo que hayan sido
regañados por unos padres indignados. Desde luego, en esto suele haber
una tradición que se remonta de hijos a padres a todo lo largo de una
infinita línea ascendente.
Es
lamentable, pero cierto, que los sentimientos de culpabilidad sexual de
los padres se transmiten inmutablemente a sus hijos. Con el objeto de
salvar a nuestros hijos del triste destino sexual de nuestros abuelos,
nuestros padres y posiblemente del nuestro propio, nuestra obligación
es conseguir que el perverso código moral del pasado quede expuesto tal
como es: una serie de reglas pragmáticas organizadas que, si obedecemos
de un modo rígido, nos destruirán. Podemos estar seguros de que, si no
nos liberamos de los ridículos niveles sexuales de nuestra sociedad
actual y en ellos incluimos a la pretendida revolución sexual,
persistirá la neurosis provocada por esas sofocantes regulaciones. La
adhesión a la nueva moralidad del satanismo, que es razonable y
humanitaria, servirá al desarrollo de una sociedad en la que nuestros
hijos podrán crecer saludablemente y sin los devastadores
inconvenientes morales de una sociedad actual que está enferma. |